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101 años después de su muerte, el grabador José Guadalupe Posada, creador de La Catrina, su obra más famosa, sigue recibiendo homenajes luctuosos.

La clase política se arremolina en torno al retrato del grabador y se retrata para vestirse de pose cultural. Algunos habrán recorrido los pasillos del Museo Guadalupe Posada por compromiso, y muchísimo menos por la pasión de admirar los trazos del agudo dibujante e ilustrador.

No cuesta mucho trabajo imaginar como reaccionarían si Posada fuera un contemporáneo, si sufrieran en carne propia la ácida y mordaz crítica del grabador.

Por supuesto, ninguno de los que ahora lo llenan de elogios es capaz de verse reflejado en las satíricas representaciones que de sus contemporáneos hizo Guadalupe Posada.

Para adularlo es menester que el retratista de calaveras esté mas muerto que los esqueletos que nos heredó, porque en el panteón de la Historia es un cadáver hermoso, tanto como inofensivo.

El río de las creaciones de Posada sigue con el agua suficiente para dar de beber a los hambrientos de oportunidades para salir en la foto y en el video. Incluso en eso, su legado es generoso, da para apuntalar egos ajenos.

101 años después de su muerte, hay que voltear a ver el trabajo de José Guadalupe Posada y homenajearlo dándole el uso que él hubiera querido: como un instrumento para reflexionar sobre la realidad actual, plena de abusos de poder, opresiones y desigualdades.

Las calaveras de Posada están más vivas que nunca, porque lo que en su momento denunciaron sigue, también, vivo.

@jmrobledo