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Concluyó el año del centenario de la muerte del "grabador de genio" José Guadalupe Posada, y con él los homenajes. Ya velan armas los carranclanes, villistas y zapatistas, para encontrarse el próximo mes de octubre en el Teatro Morelos, a perorar y celebrar el centenario de la Soberana Convención Militar Revolucionaria. 

¿Qué será ahora del legado de Posada? Parecería un cuestionamiento perogrullesco, particularmente teniendo en cuenta el énfasis que se puso en las celebraciones, y sin embargo no lo es, dado que ahora pasará a un segundo plano, para ocuparnos de otras cosas, el recuerdo de la Convención de Aguascalientes, por ejemplo.


Quizá sea el momento para preguntarse qué ocurrirá con la gran herencia de Posada; si el impulso que recibió su obra le permitirá quedarse con nosotros, o diluirse. Digo esto porque ahora estamos tan saturados de Posada y su obra; ahora que nomás faltó la sopa de pasta con figuritas de la Catrina, que quizá por un buen rato no querremos saber nada de él. 


Y sin embargo sería lamentable que después de todo lo que se hizo el año pasado; después del despliegue imaginativo de que fuimos testigos, ocurriera que todo siguiera como si no hubiera pasado nada. O sea que con todo lo realizado, Posada tendría que quedarse con nosotros con una fuerza tal, distante de las maneras como lo celebrábamos y recordábamos en el pasado inmediato. 


Lástima que el centenario no se haya aprovechado para impulsar la edificación de un gran museo nacional dedicado a su trabajo; un museo tan grande como grande dicen que es la obra del grabador; tan grande como la Catrina. Un museo en toda forma, que reuniera la mayoría de su obra y que, aunado al universitario de la muerte y al festival de las calaveras, le darían a Aguascalientes una posición única en el país, e incluso a nivel internacional, como el Museo Guggenheim de Bilbao, que posicionó a esta ciudad española en el mundo. 


Pero bueno, ese es otro asunto. De regreso al tema de la permanencia del legado del grabador, me parece que algunas de las actividades que se hicieron durante el año; cosas muy rescatables, deberían quedarse de recuerdo… Formar parte del repertorio de actividades del museo aledaño al templo del Encino. 


Por ejemplo va lo siguiente: Imagino una escena posible, de bajo costo, que me parece ideal. Estoy pensando en la gente más pequeña, aquella para la que la efeméride pasó desapercibida, simplemente porque no tenía edad para apreciarla. Entonces, cuando esos niños estén en tercer año de primaria; en cuarto, los llevarán al museo en una visita escolar, verían las planchas, recibirían las explicaciones, y luego, antes de regresar a la escuela, se sentarían en el patio para presenciar, por ejemplo, La danza de los apuros, una obra de teatro con un texto de José Díaz y la dirección de Rafael Santacruz Langagne, en la que algunos grabados de Posada que no son calaveras, luchan por hacerse de su propio espacio, ante el empuje y gracejadas de estas -aunque al final llegue la Garbancera y cargue con todos-… 


Este montaje podría convertirse en una obra de repertorio, ofrecerse a escolares de visita al museo, y presentarse además los domingos, después de misa de 12, dirigida a, como decía Cachirulo, los papás de los niños, y los papás de los papás de los niños… También estaría en estas condiciones el trabajo De la sátira a la muerte. Entrevista con Posada, en la que un periodista de televisión cuestiona al grabador a propósito de su vida y obra, y que tristemente tuvo una única presentación, en el Museo de la Muerte, a fines de octubre. 


¿Se imagina la explanada que comparten el museo y el templo, tomada por los teatreros? En verdad que no sería caro hacerlo, y sí aportaría importantes beneficios. 


Insisto y resisto; clamo, reclamo y proclamo, que para un niño el teatro es una experiencia fundacional de su personalidad, valores y convicciones; una vivencia de la más alta calidad educativa… Con un trabajo de estas características se matarían tres ignorancias de un teatrazo: en primer lugar se difundiría la obra del grabador; en segundo lugar, quizá las artes escénicas ganarían un adepto; y finalmente, más importante que lo anterior, se abriría la posibilidad para el surgimiento y desarrollo de una conciencia crítica; ciudadana, como tanto necesitamos. 


¡Sí se puede, sí se puede! Bastaría con un poco de voluntad política y algo de presupuesto. Se podría hacer con estudiantes de artes escénicas en servicio social, o en prácticas profesionales, que lo harían gustosos, sabedores de que se estaría trabajando para formar el ansiado público que luego pagaría por ver otras obras de teatro, que para ellos significaría desarrollo personal; trabajo. ¡Sí se puede!, y este ¡sí se puede! sería infinitamente más benéfico para el país, que el irrelevante del futbol o algún otro deporte.


Un último comentario… Un día de estos pregunté a un grupo de estudiantes universitarios si sabía en donde se encontraba la plancha –el clisé- de la famosísima calavera Garbancera, o Catrina, y nadie supo; pero nadie de nada. No saben que está ahí, en el museo del Encino, perdida entre otras muchas planchas, y esto es evidencia de la necesidad de insistir con la promoción y difusión de este patrimonio…


Publicado originalmente acá

Carlos Reyes Sahagún es miembro del Consejo de la Crónica del Municipio de Aguascalientes